POR QUÉ ELIJO LA CRIANZA CON APEGO

apego

Cada vez más madres deciden escuchar su instinto y seguir los dictados de su corazón a la hora de criar a sus hijos. No es poco habitual que estas madres reciban reproches en su entorno familiar y social alegando que su estilo de criar es una moda, no es racional, así van a malcriar a sus hijos, etc.

Nada más lejos de la realidad. Lejos de estar basado únicamente en el instinto (o en consejos infundados e incluso en intereses comerciales como otros estilos de crianza), la crianza con apego tiene una base científica amplia y sólida.

La crianza con apego (‘attachment parenting’, término acuñado por el pediatra William Sears) está basada en lo que somos: mamíferos. Puedes pedirle a un adulto que entienda ciertas cosas modernas. A un bebé, no. Un bebé es instinto (una lectura recomendada para entender sobre el instinto y las necesidades como mamíferos de los bebés es “El Concepto del Continuum”, de la psicóloga Jean Liedloff), y necesita que atiendan su llanto o todos los años de evolución del ser humano en los que somos una manchita en el tiempo le dirán a gritos que va a morir de frío, hambre o a manos de un depredador. Necesita el pecho de su madre. Necesita mantener coherencia y seguridad con su figura de apego para desarrollarse psicológicamente sano (‘attachment theory,’ J. Bowlby).

 El cerebro de los bebés no está completamente formado hasta más o menos los 3 años (Si buscáis una a clara y completa de este proceso podéis encontrarla en “La crianza feliz”, de la psicóloga Rosa Jové). Nacen con el llamado cerebro primitivo, basado en instinto, y aún no se ha formado su cerebro superior, no se ha completado el proceso de mielinización neuronal (sobre los 2 años).

Esto viene de la mano de la Teoría de la Mente (Premack y Woodruf, Baron-Cohen y Leslie), que básicamente habla sobre la capacidad de un individuo para entender lo que ocurre en la mente de otra persona, para poder ponerse en su lugar, por lo tanto para poder engañar, sentir empatía, etc. Esta facultad se adquiere entre los 3 o 4 años, coincidiendo con la formación del cerebro superior.

Por lo tanto, es físicamente imposible que un niño menor de esa edad nos intente engañar, nos intente manipular, entienda que tal o cual cosa no se hace (tampoco puede haber metacognición a esa edad, no pueden saber por qué hacen lo que hacen ni las consecuencias de hacerlo), etc. Por lo tanto todo aquel que dice que atendiendo el llanto de un bebé le vamos a malacostumbrar, o que un niño nos está manipulando, se está equivocando, más allá de creencias o estilos de crianza. Además en esta misma fase anterior a los 3-4 años el cerebro emocional del niño está formándose y se están creando las primeras conexiones neuronales que programarán el resto de su vida. Es necesario para un desarrollo sano que estas conexiones no estén basadas en el miedo, la indefensión, el estrés, etc.

No atendiendo el llanto o las necesidades (no solo alimenticias y de seguridad, sino afectivas) de un bebé, conseguimos que aparezca la Indefensión Aprendida (Seligman). En el experimento realizado por el psicólogo Martin E.P. Seligman, un perro recibía descargas eléctricas hiciera lo que hiciera, pulsara o no una palanca. Finalmente el pobre animal abandonaba toda voluntad, toda reacción, ya que iba a recibir una descarga de igual modo. Se convertía en un pelele. Y eso es lo que le ocurre a un bebé que no es atendido, a un niño que es ignorado.

El llanto es adaptativo. El niño que más lloraba cuando estaba solo o necesitaba algo era el niño que sobrevivía en los tiempos de nuestros ancestros. Si no hay respuesta por parte del adulto, se produce la indefensión aprendida. El niño no deja de llorar porque haya aprendido, porque sea “bueno”. El niño siente que va a morir. Siente un miedo atroz (y no sabe por qué, es un bebé) y su cerebro comienza a generar cortisol, una hormona generada por la glándula suprarrenal que se libera como respuesta al miedo y al estrés, y que puede provocar en grandes cantidades incluso lesiones cerebrales (aparte de daños psicológicos. Para conocer más sobre las consecuencias de dejar llorar a los niños, consultar “Dormir sin lágrimas”, de la psicóloga Rosa Jové). Es más, se ha demostrado con estudios sobre el nivel de cortisol mediante muestras de saliva que siguen generándola aunque hayan dejado de llorar. Colechar o dormir con los bebés (tal y como recomienda la Asociación Española de Pediatría) es lo que hacen los mamíferos, lo que entiende su organismo y lo sano psicológicamente para ellos.

Los niños deben recibir leche materna hasta que ellos quieran. Están ampliamente demostrados los beneficios de la leche materna. La OMS aconseja dar leche materna hasta los 6 meses de manera exclusiva y hasta los 2 años como mínimo junto con la alimentación complementaria. Además, una vez llegado el punto de comer otros alimentos, comen lo que necesitan sin necesidad de obligarles a comer (ver “Mi niño no me come”, del pediatra Carlos González) o engañarles para que lo hagan (la consecuencia de eso es aborrecimiento a la comida por asociación).

Portear es lo mejor para un bebé. Somos primates. Nuestro instinto y nuestro cuerpo no están preparados para carritos último modelo. No se sienten seguros fuera de los brazos de su madre. La psicóloga Jean Liedloff ya nos hablaba en su magnífica obra “El Concepto del Continuum” sobre la necesidad para el ser humano de continuar de un modo respetuoso y evolutivo con la crianza de los bebés.

Los niños son personas, y por lo tanto se les debe tratar como tal. Su crianza se debe adaptar a las etapas evolutivas del niño (recomiendo los libros “Amar sin miedo a malcriar”, de Yolanda González Vara y “Ni rabietas ni conflictos”, de Rosa Jové). Antes de los 3 o 4 años, por todo lo antes comentado, no puede comprender ciertas cosas, su cerebro no está preparado aun para ello. Por lo tanto evitamos las “rabietas” y las situaciones incómodas mediante el juego y la distracción. El niño no comprende que algo no se hace porque lo dice el adulto y punto. Se deben evitar situaciones conflictivas dejando fuera de su alcance cosas que no debe coger o no queremos que rompa, y si cogiera algo se le puede distraer con otra cosa que le interese o jugando con el niño. Es imposible que esté manipulándonos. No mide fuerzas. Y no comprende la imposición.

En esa etapa los niños aprenden absolutamente todo mediante el juego. Aprenden incluso el lenguaje (Piaget) como parte de ello. Pasan por el juego simbólico y van escenificando vivencias. Y con la misma herramienta, el juego, se les acompaña en su crecimiento, porque es la única herramienta adecuada para esta etapa evolutiva.

Esta etapa también es llamada etapa egocéntrica, por lo mismo comentado antes no pueden ponerse en el lugar de otras personas, y lo normal es que cojan todo, empiecen con el “mío”, expresen rabia a veces. Forma parte de su proceso evolutivo. No van a comprender el decirles que deben compartir, el regañarles por coger algo que no deben. En esta etapa no lo comprenden, el mundo gira en torno a ellos. Y deben pasar por esta fase para un desarrollo normal y sano.

Pasada esta fase, los niños comienzan a comprender más cosas. Esto no quiere decir que se les deba ningunear ni tratar como seres inferiores. Se comienza a hablar de otro modo con los niños, y desde luego se les habla como a personas, nunca negando sus sentimientos (por ejemplo, si le duele algo, no debo negar lo que siente con el habitual “no es nada”, ya que el niño verá que lo que siente no es importante. En esta etapa hay que verbalizar los sentimientos, sin cuestionar, sin suponer, sin menospreciar) y acompañando su desarrollo psicológico del modo adecuado a su edad . Pueden expresar su enfado rompiendo algo, o gritar sin ningún sentido aparente, porque es su manera de decir alguna otra cosa, como que se sienten solos si mamá va a trabajar. Nuestro trabajo como madres es desentrañar esos motivos y emociones para darle el apoyo adecuado y que aprenda que es un ser humano valioso y digno de respeto, por ejemplo diciéndole que sabemos que está enfadado porque mamá va a trabajar y no se queda con él, pero que le queremos mucho y nos gustaría poder quedarnos en casa a jugar. Tampoco es bueno despreciar lo que hace, ni ensalzarlo por sistema para que no valore lo que ha conseguido por sí mismo (lo mejor es describir si, por ejemplo, hace un dibujo, al niño le aportará mucho más que digamos lo que vemos, el color, las formas, o simplemente que lo ha dibujado él solo, a que por sistema tiremos del qué bonito). Buscamos que los niños sean más adelante adultos independientes (y con capacidad de levantarse si se caen, resiliencia), capaces de tomar decisiones y de autogenerar soluciones, que se valoren a sí mismos y que se respeten a sí mismos y a los demás. Personas, no una sombra de lo que hubiesen podido ser. Para más información acerca de este punto consultar los trabajos de los psicólogos Haim G. Ginnot, Adele Faber y Elaine Mazlish.

Todas las emociones son sanas (aconsejo la lectura para este y otros muchos puntos de “Amar sin miedo a malcriar”, de Yolanda González Vara). Todas tienen su función. Un sentimiento o emoción reprimida es la base para un gran problema futuro. La función de las emociones es dar salida a lo que sentimos. No hay emociones buenas y emociones malas, pero la gente tiende a reprimir la rabia o el miedo. Si un niño necesita descargar su rabia podemos darle un medio para hacerlo, como expresarla por escrito, o pegando a algo inanimado como un cojín. Pero nunca enseñaremos a un niño a reprimir sus emociones diciéndole que está mal enfadarse o llorar.

Los niños son dependientes, esa independencia ficticia por la que se aboga no es tal. Nacemos dependientes. Y somos los padres los que debemos proporcionar ese apego seguro para la independencia real. No imponer una falsa independencia que dañe a nuestros hijos para toda su vida.

No caigamos en los consejos infundados ni en la presión social. Contrastemos siempre cada paso que demos en el modo de criar a nuestros hijos. Y si además nuestro instinto lo respalda, sigamos adelante. La naturaleza es sabia. Los consejos no pedidos no lo son.

# Laura Perales Bermejo, 

Licenciada en Psicología por la UAM y madre. www.renacuajos.com

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