kuidamLa piel como primer lenguaje

Si nos preguntasen sobre los sentidos del cuerpo, seguramente diríamos: el gusto, el olfato, la vista, el oído y por último después de una pausa, recordaríamos el del TACTO.

Ese sentido a veces tan olvidado, es el primero en empezar a desarrollarse alrededor de la sexta semana de gestación, sintiendo las sensaciones corporales a través de pequeños receptores cutáneos y completando su desarrollo alrededor del quinto mes de embarazo, como apunta Thomas Verny en su libro “El futuro bebé”. Entonces a través del tacto, nuestro bebé ya detecta las leves variaciones de temperatura que se producen en el útero y las vibraciones de la madre. También le permiten notar las diferencias que hay entre las texturas de las paredes de la bolsa amniótica, del cordón umbilical y de su propia piel. Se lleva la mano a la boca, conectando sus dos partes más sensitivas, las yemas de los dedos y los labios. A medida que crecen, todo su cuerpo es envuelto y presionado por la bolsa amniótica y se pasa las veinticuatro  horas del día, tocado, acunado y acariciado por las paredes uterinas.

Pero además del tacto, el bebé dentro del útero percibe un sinfín de sensaciones… David Chamberlain, doctor en Psicología prenatal y perinatal, es el que más ha estudidado este tránsito que supone el nacimiento. El bebé recibe de la placenta todo lo necesario para nutrirse, sobrevivir y crecer. Está inmerso en aguas cálidas, sin sentir cambios de temperatura, escuchando constantemente el latido del corazón de su madre, los jugos gástricos y los mensajes amortiguados que su familia le transmite desde el exterior, desconociendo la sensación de hambre o de sed. Pero de un minuto a otro, tras el trabajo de parto se encuentra en un mundo externo, donde no hay paredes uterinas que lo protejan, donde no existen límites físicos, sus manitas y sus pies buscarán donde protegerse, sentirá por primera vez la gravedad, sus pulmones empezarán a respirar solos bruscamente si no se les respeta el corte tardío del cordón, sentirá frío dado el cambio de temperatura, sentirá hambre, y un sinfín de sensaciones aún desconocidas por la ciencia.

Ya hace un tiempo gracias a los avances científicos, se intenta poner al bebé piel con piel con su madre tras el nacimiento (algo paradójico si tenemos en cuenta que la intuición materna lo ha sabido desde siempre), y por suerte en los hospitales de Tarragona lo practican habitualmente. Esta práctica demuestra claros beneficios como: en el inicio de la lactancia (si se deja al bebé por si solo reptar hacia el pecho de su madre, hay más probabilidades de conseguir un agarre óptimo), el bebé empieza con sus primeros movimientos de una forma tranquila,  ayudando con sus pataditas a la recuperación uterina, también  favorece la regulación de la temperatura del bebé, su estabilidad cardiorrespiratoria, en el vínculo con la madre, mayor secreción de oxitocina, reducción del estrés postparto tanto de la madre como del bebé y un espacio de alerta tranquila de ambos para olerse, acariciarse, reconocerse, mirarse… entre otros muchos beneficios.

Pero volvamos al… TACTO.  Si recordamos que nuestro hijo lleva siendo tocado y acariciado durante 9 meses, 24 horas al día,  escuchando el “tutun” del corazón de mamá y protegido entre cálidas aguas de todos los estímulos externos…   y cerramos los ojos y nos preguntamos tras el nacimiento ¿Qué es lo que necesita? Qué elegiría…   ¿La cuna del hospital, los estímulos de brazo en brazo de las visitas, o la tranquilidad  y el reposo piel con piel con su mamá?.  Si cogemos a nuestro bebé, durante todo el día en brazos y lo mecemos y lo acunamos, sería un total de doce horas, ya la mitad de lo que le hemos hecho durante nueve meses, así que para tranquilidad de muchos, estaríamos desacostumbrándolos.

Como apunta Montagu (1971) debido al crecimiento del cerebro y del cráneo humano, los bebés tienen que nacer mucho más inmaduros para poder pasar por el canal del parto.  Así que protejamos a nuestros bebés, acunándolos y dándoles ese cariño y contacto para que esta transición a la vida extrauterina pueda ser lo más serena posible  y así, juntos y protegidos, pueda explorar y empezar a sentir con tranquilidad ese mundo exterior, tan diferente y tan lleno de estímulos.

Uno de los múltiples beneficios de los portabebés es favorecer una transición serena a la vida extrauterina, las telas del foulard imitan el útero materno en el exterior. Gracias a la sujeción del portabebé, el bebé sigue envuelto y protegido, sigue estando en contacto con sus progenitores, y pudiendo de esta manera  ir conociendo los estímulos externos de una forma más tranquila y respetada. Ese primer abrazo, esa primera caricia, ese primer contacto piel con piel, esa mirada cómplice… ese sentir corporal, nos recuerda, que tenemos en nuestro regazo a una personita dependiente, de cuidados y alimentación, pero sobretodo, de cariño y de contacto.

Vanessa Callejón.  

Educadora de Masaje y Reflexología Podal  Infantil. Terapeuta holística especializada en Maternidad.

 

Artículos Relacionados

Hacer Comentario