Publicado originalmente en MUM’S MGZ n.º 12 (noviembre de 2014). Traducido del catalán.
Por Cristina Garcia · pedagoga, terapeuta infantil, orientadora familiar y fundadora de Edúkame
En el número de junio de MUM’S ya hablamos de cómo acompañar a nuestros pequeños en estas angustiosas situaciones que todos los padres sufrimos alguna vez: «Mi hijo llora enseguida cuando no hago lo que él quiere», «mi hija se tira al suelo y grita cuando se enfada», «cuando le digo que no, pega y grita», etc. Seguro que te has encontrado más de una vez en esta situación.
Estas son algunas dudas de padres preocupados por la conducta de sus hijos. Estos comportamientos corresponden a las típicas rabietas que los niños y niñas tienen entre los 18 meses y los 4 años, a causa de su poca tolerancia a la frustración.
La experiencia nos dice que, cuando los padres aprenden a manejar esta etapa, el resultado son niños más tranquilos y emocionalmente equilibrados. Por tanto, niños felices y con más habilidades emocionales.
La etapa de las rabietas es una fase normal del desarrollo del niño y, además, necesaria —aunque sea incómoda y difícil para los padres—, para que los niños puedan aprender a tolerar la frustración y a expresar y canalizar sus emociones negativas (ambas son buenas habilidades emocionales). Un aprendizaje vital para vivir en una sociedad en la que tendrán que lidiar con normas, límites y renuncias, porque cuando sean adolescentes o adultos verán que las cosas no siempre serán como ellos deseen.
Las rabietas le permiten al niño ir practicando para ganar tolerancia ante sus propias frustraciones, desilusiones, reveses, pérdidas, errores y equivocaciones. Por tanto, son oportunidades que tenemos los padres para enseñarles habilidades emocionales que les ayudarán a ser adolescentes y adultos con madurez interna.
¿Qué es una rabieta?
La rabieta es una explosión emocional que sirve como canal para expresar emociones negativas de rabia o enfado. Puede darse porque el niño no ha conseguido lo que deseaba: quedarse jugando en el parque y no irse a casa, ponerse esta chaqueta y no la que le dice mamá, comerse un chocolate y no el bocadillo, ir en brazos y no caminar, etc. También puede ser porque algo no le ha salido como él quería: una torre de construcciones que se cae, el castillo de arena que no ha quedado bien, el dibujo que no ha salido como quería, su coche de carreras que se acaba de romper, un puzle que no sabe hacer y en el que además no se deja guiar por mamá…
Tanto estas situaciones como otras ponen al niño pequeño en contacto con emociones negativas de forma intensa —pues toda emoción en la infancia se vive de forma intensa—, que además todavía no sabe regular. Por eso se da la rabieta: expresa con todo el cuerpo su enfado ante el disgusto que siente, sin saber todavía cómo tolerar esa frustración.
Las rabietas son una parte normal del desarrollo y no hay que considerarlas algo negativo. Según el temperamento del niño o la niña, se darán de forma regular, frecuente e intensa, o en pocas ocasiones.
¿Por qué surge?
A partir de los 18 meses y, sobre todo, de los 2 años en adelante, el niño ha ganado ciertas habilidades y madurez que le hacen más independiente: sabe caminar solo, incluso correr, subir y bajar de muchos sitios, expresarse con palabras o pequeñas frases, etc. Esta reciente autonomía le da cierto poder que quiere empezar a practicar. Ya no depende tanto del adulto como en la etapa anterior, cuando era un bebé y ni siquiera podía comer por sí mismo o trasladar sus juguetes. Ahora sabe expresar lo que quiere —o lo que no quiere— con gestos y palabras, aunque sea de forma rudimentaria, e incluso desplazarse por donde quiere.
Así que ahora el pequeño de 18 meses o de dos años y medio empieza a expresar sus deseos y espera obtener una respuesta inmediata y positiva por parte de sus padres o del adulto que esté a su cargo. Cuando no es así, el niño siente una intensa frustración que, por la inmadurez propia de la edad, todavía no sabe gestionar.
Es propio de la infancia que el niño quiera que se satisfagan siempre sus deseos y, además, sin espera, de forma inmediata (sobre todo antes de los 3 años). Puede ser motivo de rabieta que le digas: «Sí, ahora te acompaño a tirarte por el tobogán», pero que se enfade por tener que esperar solo unos segundos.
Otro motivo de rabieta puede ser que el niño no tenga cubierta alguna necesidad. El hambre, el cansancio, el aburrimiento, el sueño o sentirse solo o no atendido suelen desencadenar rabietas, porque el niño siente una emoción desagradable y no sabe cómo gestionarla adecuadamente.
Cómo superar la etapa de las rabietas
Antes: la prevención
La actuación recomendable antes de la rabieta es la prevención. Si reducimos lo que las provoca, tendremos que sufrir menos escenas de rabietas, aunque no las evitaremos del todo (tampoco es lo deseable, pues es un mecanismo sano para sacar una emoción desagradable y aprender a autorregularse).
Ofrecerles pautas claras para que sepan qué tienen que hacer y qué se espera de ellos; ajustar las normas y las expectativas a su edad; mantener los objetos prohibidos fuera de su vista y de su alcance; atender sus propios límites de sueño y hambre; ofrecerles pocos «no» pero claros y darles tiempo de calidad son aspectos que suelen reducir considerablemente la intensidad y la duración de esta etapa.
Durante: tres reglas
Durante la rabieta tenemos que vigilar que la expresión del enfado no se vuelva en contra del niño, es decir, que se cumplan estas tres reglas:
Que no se haga daño a sí mismo:
golpeándose la cabeza, tirándose con fuerza al suelo, pellizcándose, tirándose del pelo, arañándose los brazos o la cara, etc.
Que no haga daño a nadie:
mordiendo, empujando o pegando a otros, sea su amigo, su hermano, su madre o su padre.
Que no rompa nada:
ni objetos ni golpeándolos con fuerza.
Durante la rabieta tenemos que protegerles para que no se hagan daño a sí mismos, ni a nadie, ni a nada.
Después: poner palabras
Una vez pasada la explosión emocional que viene acompañada de llanto y gritos, y una vez que el niño se haya calmado, es el momento de utilizar las palabras, la lógica o la razón (antes no). Ahora sí podemos hablarle de cuál era la conducta adecuada, de los motivos por los que no le hemos dejado hacer una cosa u otra, o de cómo puede responder adecuadamente la próxima vez que se enfade: «Ya veo que te ha enfadado que no te dejara ir descalzo por el parque. Te puedes enfadar y llorar por eso, pero no pegarme, cariño. Si pegas, haces daño, y eso no está bien».
Poner palabras a sus emociones y acciones de forma sencilla les ayuda a ir aprendiendo a identificarlas y nombrarlas, y también a expresarlas de forma correcta. Es decir, les permite aprender a gestionarlas.
Actualización 2026
Si las rabietas son muy frecuentes (varias al día), muy largas (más de 15-20 minutos) o con autolesiones, o siguen siendo diarias pasados los 5 años, coméntalo con tu pediatra. Lee la primera parte en De rabietas y berrinches y también Mi bebé se pega cabezazos.
